Nerje Joseph tenía siete años en 1954 cuando Estados Unidos llevó a cabo el mayor ensayo nuclear de su historia, «Castle Bravo», a unos 160 kilómetros de su hogar en el atolón de Rongelap, en las Islas Marshall.
Fue mucho mayor de lo previsto y provocó una contaminación mucho más grande de lo que se había calculado. El cielo se tiñó de naranja y rosa. Ninguno de los habitantes del atolón sabía qué había ocurrido.
Horas después, una lluvia de ceniza radiactiva y de fragmentos de coral cayó sobre sus casas y contaminó su piel, su agua y sus alimentos. Pronto empezaron a presentar síntomas de enfermedad aguda por radiación.
Nerje perdió el cabello y, como casi todos los demás habitantes del atolón, sufrió quemaduras.
Días después, las autoridades estadounidenses evacuaron a los habitantes de Rongelap a otro atolón debido al riesgo extremo que la lluvia radiactiva suponía para su salud. Pero, tras tres años de desplazamiento, las autoridades los animaron a volver, ya que querían estudiar los efectos de la radiación residual sobre la salud.
«Nunca se han tenido datos de este tipo», declaró un funcionario estadounidense por aquel entonces. «Si bien es cierto que esta gente no vive a la manera de los occidentales, los pueblos civilizados, no es menos cierto que se parecen más a nosotros que los ratones».
Para los habitantes de Rongelap, su reasentamiento de vuelta en casa resultaría catastrófico. Se multiplicaron los cánceres, los abortos espontáneos, las muertes fetales y las malformaciones congénitas.
A causa de la acumulación de isótopos radiactivos, Nerje tuvo que someterse a la extirpación quirúrgica del tiroides. Añoraba volver a los buenos tiempos anteriores a los ensayos nucleares.
Entre 1946 y 1958, Estados Unidos llevó a cabo 67 ensayos nucleares en las Islas Marshall. Solo Castle Bravo tuvo una potencia explosiva mil veces mayor que la de la bomba de Hiroshima.
Aún hoy, atolones enteros siguen sin ser aptos para el asentamiento humano, la producción agrícola ni la pesca.
