NO A LAS ARMAS NUCLEARES

Las armas nucleares representan una amenaza grave y creciente para la humanidad y para nuestro planeta. Eliminarlas es una tarea cada vez más urgente.

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NO A LAS ARMAS NUCLEARES

La mayoría de los países del mundo están firmemente comprometidos con este objetivo y se han adherido al histórico Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares, que entró en vigor en 2021.

Sin embargo, nueve países aún poseen las peores armas de destrucción masiva, desafiando la nueva norma internacional y la voluntad de su propia ciudadanía. Cada año derrochan miles de millones de dólares en modernizar y ampliar sus arsenales.

Hay una peligrosa carrera armamentística nuclear en curso, y el riesgo de que se utilicen armas nucleares —ya sea de forma deliberada o accidental— es hoy más alto que nunca. En todo momento estamos a tan solo una mala decisión de la catástrofe mundial.

Para evitar el daño sin precedentes que las armas nucleares están diseñadas para infligir, los gobiernos deben actuar con urgencia para eliminarlas ya; es la única garantía frente a su uso y frente a nuevos ensayos.

Pero esto solo ocurrirá si la ciudadanía de todo el mundo se moviliza y exige medidas.

Las peores armas del mundo

Las armas nucleares son las armas más destructivas, indiscriminadas e inhumanas jamás creadas. Una sola bomba tiene la potencia suficiente para destruir una ciudad entera, con un balance de víctimas mortales que se cuenta por los cientos de miles, sino millones.

El Comité Internacional de la Cruz Roja ha descrito las armas nucleares como «únicas por su poder destructivo, por el sufrimiento humano indescriptible que provocan… y por la amenaza que suponen para el medio ambiente, para las generaciones futuras y, efectivamente, para la supervivencia de la humanidad».

Al liberar enormes cantidades de radiación, contaminan el aire, la tierra, el agua y nuestros propios cuerpos, causando daño más allá de las fronteras nacionales y a lo largo de generaciones.

Mientras existan, hay un riesgo muy real de que vuelvan a utilizarse, y las consecuencias serán catastróficas, también para la población de países que nada tienen que ver con el conflicto en el que se empleen.

Efectos de un arma nuclear

Calor

Cuando se detona un arma nuclear, esta libera un calor extremo. Casi todo lo que hay cerca de la zona cero, incluidas las personas que se encuentran allí, queda reducido a cenizas y vapor de forma instantánea.

Una gran bola de fuego, cuyo núcleo tiene una temperatura que supera el millón de grados centígrados, se eleva hacia el cielo, mientras que las temperaturas en el suelo alcanzan varios miles de grados, más calientes que la superficie del Sol.

El calor extremo genera incendios en una amplia zona que liberan al aire humo tóxico y gases de combustión, que se unen hasta formar una gigantesca tormenta de fuego.

Incluso quienes se encuentran a decenas de kilómetros de la zona cero sufren quemaduras graves que ponen en peligro su vida, mientras que personas mucho más alejadas quedan cegadas por el intenso destello luminoso.

Onda expansiva

Un arma nuclear también genera un inmenso muro de aire a alta presión que avanza a gran velocidad, conocido como onda de choque, y que se desplaza hacia afuera a lo largo de varios kilómetros.

Lanza a las personas por los aires, las deja inconscientes, les desgarra el cuerpo y hace que sus pulmones colapsen.

En una amplia zona, los edificios quedan completamente arrasados y muchas personas mueren aplastadas. Los objetos sueltos salen despedidos por el aire como si fueran proyectiles.

Incluso los grandes rascacielos de hormigón y acero quedan destruidos por la fuerza de la onda expansiva.

Radiación

La reacción nuclear en cadena que provoca la explosión libera una cantidad enorme de radiación ionizante, que penetra profundamente en el cuerpo de las personas, destruyendo o dañando sus células y provocando enfermedades.

Incluso a varios kilómetros de la zona cero, las personas reciben una dosis de radiación suficientemente alta como para morir por envenenamiento agudo por radiación.

Los síntomas incluyen vómitos, sangrado de encías, diarrea y caída del cabello. La mayoría de quienes los padecen mueren al cabo de los dos meses del ataque.

Algunas personas se recuperan de la fase aguda de la enfermedad, pero mueren años o incluso décadas después por cánceres y otras dolencias causadas por los efectos tardíos de la radiación.

Algunos supervivientes presentan aberraciones cromosómicas y otros tipos de daño genético que pueden transmitirse a generaciones futuras.

Lluvia radiactiva

Un arma nuclear también crea un enorme hongo nuclear que absorbe en forma de columna polvo y restos radiactivos y los libera a la atmósfera.

Las corrientes de viento los dispersan por el aire y, con el tiempo, caen al suelo sobre una vasta zona.

Conocida como lluvia radiactiva, supone riesgos para la salud inmediatos y a largo plazo, incluso para personas situadas muy lejos de la zona cero. Algunos isótopos radiactivos siguen siendo peligrosos durante muchos años y contaminan el suelo, el agua y los alimentos.

Pulso electromagnético

Si se detona a una gran altitud, un arma nuclear emite un potente pulso electromagnético que destruye los aparatos electrónicos en una amplia zona. Las comunicaciones con aparatos móviles, los servicios de internet y la tecnología bancaria sufren graves interrupciones.

Este efecto se observó por primera vez en la época de los ensayos nucleares atmosféricos y a gran altitud. En 1962, cuando Estados Unidos ensayó un arma nuclear en el espacio exterior a unos 400 kilómetros sobre el atolón Johnston, en el océano Pacífico, esta provocó daños en el alumbrado público y las líneas telefónicas en Hawái, a más de 1.450 kilómetros de distancia.

Una explosión nuclear de muy alta potencia a gran altitud podría destruir los aparatos electrónicos de todo un continente.

Los efectos de la onda expansiva de un ensayo nuclear sobre una casa simulada en el estado estadounidense de Nevada. Crédito: gobierno de Estados Unidos.

Los niños son más vulnerables

Los bebés y los niños son especialmente vulnerables a los efectos de las armas nucleares.

Tienen más probabilidades que las personas adultas de morir por quemaduras (porque su piel es más fina y delicada), por lesiones provocadas por la onda expansiva (dada la relativa fragilidad de su cuerpo) y por el síndrome de irradiación aguda (porque tienen más células que crecen y se dividen con rapidez).

También les resulta más difícil liberarse de edificios derrumbados o en llamas, o tomar otras medidas tras el ataque para aumentar sus posibilidades de supervivencia.

Un menor recibe tratamiento para quemaduras tras el bombardeo nuclear estadounidense de Nagasaki en 1945. Crédito: Yasuo Tomishige.

Invierno nuclear y hambruna nuclear

Las armas nucleares son los únicos dispositivos jamás creados con la capacidad para destruir todas las formas de vida compleja de la Tierra.

Si se utilizaran cien o más de estas bombas contra ciudades, el hollín y el humo de las tormentas de fuego resultantes envolverían el planeta y bloquearían la luz solar durante una década o más, lo que provocaría un descenso drástico de las temperaturas globales; un efecto conocido como invierno nuclear.

Sumido en la oscuridad, el mundo experimentaría condiciones de congelación, incluso en zonas que hoy son tropicales. Los cultivos quedarían diezmados y la producción agrícola mundial se desplomaría, lo que daría lugar a una hambruna generalizada y al colapso social.

Proliferarían las epidemias de enfermedades infecciosas y los conflictos por los escasos recursos disponibles. Las personas que ya sufren desnutrición serían las que correrían el mayor riesgo de morir.

Incluso una guerra nuclear «limitada» —en la que se empleara una pequeña fracción del arsenal nuclear mundial— pondría a gran parte de la población mundial en riesgo de morir de hambre.

Una guerra de esta clase mermaría gravemente la capa de ozono, lo que provocaría un aumento importante de ciertos tipos de cáncer y una pérdida devastadora de vida marina. Muchas especies vegetales y animales se enfrentarían a la extinción, y el daño al planeta sería irreversible.

Desplazamiento y colapso económico

En una guerra nuclear, millones de personas expuestas a la lluvia radiactiva se verían obligadas a huir de sus hogares hacia países vecinos, con una urgente necesidad de refugio, alimentos y agua sin contaminar, así como atención sanitaria. La cantidad de personas en busca de refugio no tendría precedentes.

El uso de múltiples armas nucleares también perturbaría gravemente el comercio internacional y las telecomunicaciones, y podría provocar un colapso económico mundial que agravaría la pobreza y causaría un retroceso de décadas en los objetivos de desarrollo humano.

Ningún país ni ninguna persona quedaría a salvo de sus posibles impactos.

Hiroshima y Nagasaki

Más de un cuarto de millón de personas murieron cuando Estados Unidos lanzó dos bombas nucleares relativamente pequeñas sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945, el primer y único uso de armas nucleares en tiempos de guerra.

Muchas murieron incineradas al instante. Otras murieron entre sufrimientos atroces, horas, días o semanas después de los ataques, a causa de quemaduras graves, heridas por la onda expansiva y enfermedad aguda por radiación. Muchísimas más murieron años después por cánceres y otras dolencias relacionadas con la radiación.

Para evitar que se repitan semejantes atrocidades, los países deben actuar con urgencia para eliminar las armas nucleares.

En Hiroshima y Nagasaki, las escenas de devastación fueron apocalípticas: patios escolares cubiertos de niños y niñas muertos o agonizantes. Madres meciendo a sus bebés sin vida. Personas con los intestinos al descubierto y jirones de piel colgando de sus extremidades.

La mayoría de las víctimas murió sin recibir cuidados que aliviaran su sufrimiento, ya que quedaban pocos hospitales en pie, los suministros médicos habían sido destruidos y la mayor parte del personal médico y de enfermería había muerto o resultado herido. Quienes entraron en las ciudades tras los ataques para prestar ayuda arriesgaron su propia vida por la radiación residual.

La inmensa mayoría de las víctimas —más del 90 %— eran civiles, entre ellas unos 38.000 niños y niñas. En el momento del ataque a Hiroshima, unos 8.400 estudiantes de secundaria se encontraban al aire libre creando cortafuegos como medida de defensa civil; 6.300 de ellos murieron.

Hiroshima en ruinas. Crédito: gobierno de Estados Unidos.

Una exposición en el Museo Conmemorativo de la Paz de Hiroshima.

Zona cero

En cada ciudad, quienes se encontraban más cerca de la zona cero —conocida como el hipocentro de la explosión— tenían pocas posibilidades de sobrevivir. Casi todas las personas que se hallaban en un radio de 1,2 kilómetros y sin protección frente a los efectos de la bomba murieron al instante o al cabo de pocas semanas.

Las temperaturas a nivel del suelo en el hipocentro alcanzaron entre 3.000 y 4.000 grados centígrados, y personas situadas a 3,5 kilómetros sufrieron quemaduras. Potentes ondas expansivas destruyeron la mayoría de las estructuras de madera en un radio de 2 kilómetros.

Incluso a 1 kilómetro de distancia, las personas recibieron una dosis de radiación ionizante lo bastante alta como para morir por envenenamiento agudo por radiación. Muchas otras personas, que se encontraban mucho más alejadas, también murieron por los efectos tardíos de la exposición a la radiación.

Las secuelas

En el caos que siguió a los bombardeos, los padres y las madres buscaban desesperadamente a sus hijos, y los hijos a sus padres. Algunos solo encontraron los restos carbonizados o las pertenencias personales de sus seres queridos; otros no hallaron rastro alguno.

Los esfuerzos por reunir a los miembros de las familias se vieron dificultados por el hecho de que muchas personas habían sufrido heridas tan graves que apenas resultaban reconocibles.

«Al cabo de un rato, asomé la cabeza fuera del refugio antiaéreo. Encontré gente esparcida por todo el patio. El suelo estaba cubierto casi por completo de cuerpos. La mayoría parecían estar muertos y yacían inmóviles. Aquí y allá, sin embargo, algunos agitaban las piernas o alzaban los brazos.»

Fujio Tsujimoto, cinco años, Nagasaki

Algunas víctimas no presentaban ninguna huella física, pero de repente enfermaban y morían. Sus muertes desconcertaban al personal de emergencia, que ignoraba que se había utilizado un nuevo tipo de arma con efectos radiactivos perniciosos.

Muchas mujeres embarazadas de ambas ciudades sufrieron abortos espontáneos o dieron a luz a bebés que murieron durante la primera infancia, porque la radiación de las bombas había penetrado en sus úteros. Las malformaciones congénitas, entre ellas la microcefalia, eran frecuentes en los bebés expuestos en el útero materno.

Nagasaki un mes después del ataque. Crédito: gobierno de Estados Unidos.

Un niño en Nagasaki recibe alimento racionado tras el ataque. Crédito: Yosuke Yamahata.

El triciclo de Shinichi

En el momento del ataque a Hiroshima, Shinichi Tetsutani, de tres años, estaba fuera de su casa haciendo lo que más le gustaba: montar en su triciclo.

Sufrió heridas graves, entre ellas quemaduras en todo el cuerpo, y murió varias horas después. Sus dos hermanas, Michiko y Yoko, también murieron.

Su padre comentó años después: «Esto no debería ocurrirles nunca a los niños. Trabajen, por favor, para crear un mundo en paz en el que los niños puedan jugar todo lo que quieran».

El triciclo quemado de Shinichi se exhibe ahora de forma permanente en el Museo Conmemorativo de la Paz de Hiroshima, y en el Museo Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja de Ginebra hay una escultura basada en él.

Se ha convertido en un símbolo conmovedor del sufrimiento de la infancia en los ataques nucleares.

Crédito: Museo Conmemorativo de la Paz de Hiroshima, donación de Nobuo Tetsutani.

Hermanas en Hiroshima

Kimino Wataoka, de dos años, y su hermana Hirono, de cinco, estaban en casa con sus padres cuando Hiroshima fue atacada. Los cuatro murieron.

Otra de sus hermanas, Kayoko, se encontraba cerca de la zona cero y también murió. Únicamente sobrevivió la hermana mayor, Chizuko.

Se cree que esta foto de Kimino (izquierda) y Hirono (derecha) se tomó apenas un día antes del bombardeo nuclear. Crédito: Miho Iwata.

Irradiados por la bomba

Toru Ikemoto tenía siete años y su hermana Aiko, nueve, cuando Hiroshima fue destruida. Ambos se encontraban dentro de un edificio, a aproximadamente 1 kilómetro del hipocentro.

A los cuatro o cinco días del ataque empezaron a perder el cabello y experimentaron fiebres y sangrado de encías: síntomas de envenenamiento agudo por radiación.

Aunque ambos se recuperaron de la fase aguda de la enfermedad, finalmente sucumbieron a los efectos tardíos de la radiación. Toru murió a los 11 años y Aiko, a los 29.

Los hermanos Toru (izquierda) y Aiko (derecha) en el Hospital de la Cruz Roja de Hiroshima en octubre de 1945. Crédito: Shunkichi Kikuchi.

Supervivientes

Quienes sobrevivieron por azar a los bombardeos nucleares de Hiroshima y Nagasaki recibieron en japonés el nombre de hibakusha, es decir, «personas afectadas por la explosión».

Muchos soportaron dolor y malestar de por vida a causa de sus heridas, además de traumas psicológicos. Algunos desarrollaron un grueso tejido cicatricial en el cuerpo y el rostro, o vivieron durante décadas con fragmentos de vidrio profundamente incrustados en la carne.

Las mujeres se enfrentaron a dificultades y a un estigma particulares por el temor a que el daño genético causado por las bombas se transmitiese a sus hijos y nietos.

A los pocos años de los ataques, los supervivientes empezaron a desarrollar cánceres y otras enfermedades a un ritmo inusualmente alto como consecuencia de los efectos tardíos de la radiación. La leucemia fue especialmente frecuente en los primeros años.

Para alertar al mundo del peligro de las armas nucleares, muchos supervivientes han compartido públicamente sus testimonios personales sobre lo ocurrido en 1945. Algunos, que eran niños en el momento de los ataques, siguen vivos hoy y continúan esta labor de dar testimonio.

Su mensaje ha sido claro y coherente a lo largo de las décadas: no pueden coexistir las armas nucleares y la humanidad.

En 2024, Nihon Hidankyo —una confederación japonesa de organizaciones que representa a los supervivientes— recibió el Premio Nobel de la Paz «por sus esfuerzos para alcanzar un mundo libre de armas nucleares y por demostrar mediante testimonios de las víctimas que las armas nucleares no deben volver a utilizarse jamás».

La valiente e incansable labor de incidencia de los supervivientes ha inspirado a muchas personas en todo el mundo a sumarse al movimiento por la abolición nuclear.

Un superviviente y activista

Cuando tenía 16 años, Sumiteru Taniguchi sobrevivió al bombardeo nuclear de Nagasaki. «En el destello de la explosión, salí despedido de la bicicleta por la espalda y quedé estampado contra el suelo», relató.

Cuando levantó la cabeza, vio que los niños que jugaban a su alrededor instantes antes estaban muertos.

Aunque se encontraba a casi 2 kilómetros del hipocentro, sufrió quemaduras graves en la espalda, el brazo izquierdo y la pierna izquierda. Sus heridas se infectaron pronto y pasó casi cuatro años recuperándose en el hospital, 21 meses de los cuales pasó tumbado boca abajo.

El dolor de sus heridas nunca desapareció. Dedicó gran parte de su vida a la causa de la abolición de las armas nucleares.

Sumiteru Taniguchi observa una imagen de sí mismo tomada en 1946, con la espalda marcada por las cicatrices de la bomba de Nagasaki. Crédito: Yuriko Nakao.

El legado de los ensayos nucleares

Para aumentar la capacidad destructiva y letal de sus fuerzas nucleares, y para enviar advertencias a sus adversarios, los países con armas nucleares han llevado a cabo más de 2.000 ensayos nucleares en todo el mundo desde 1945.

Al liberar enormes cantidades de radiación a la atmósfera y a los océanos, estos experimentos tóxicos han causado epidemias de cáncer y otras enfermedades crónicas. Extensas franjas de territorio siguen siendo inhabitables, incluso décadas después del cierre de los sitios de ensayos nucleares.

En el estado estadounidense de Nuevo México, apenas tres semanas antes de los bombardeos nucleares de Hiroshima y Nagasaki, el Gobierno de Estados Unidos llevó a cabo el primer ensayo nuclear del mundo, bajo el nombre en clave «Trinity». Su gigantesca bola de fuego convirtió la arena en cristal, iluminó las montañas circundantes y elevó al cielo un hongo nuclear de restos radiactivos a 12 kilómetros de altura.

Las consecuencias para los trabajadores del sitio de ensayo y para las comunidades cercanas fueron devastadoras, y se siguen sintiendo a día de hoy.

En más de otros 60 sitios de ensayos nucleares repartidos por el planeta, desde los desiertos de Australia y Argelia hasta las estepas de Kazajistán y los atolones del Pacífico, ha sucedido lo mismo para las personas que trabajaban en ellos o vivían viento abajo o corriente debajo de ellos.

Iroji Kebenli, de 13 años, sufrió quemaduras por radiación cuando Estados Unidos ensayó un arma nuclear en las Islas Marshall en 1954. Crédito: gobierno de Estados Unidos.

El hongo nuclear de la explosión del ensayo nuclear. Crédito: gobierno de Estados Unidos.

Los ensayos nucleares atmosféricos —se realizaron más de 500 entre 1945 y 1980— tuvieron un efecto especialmente dañino, ya que dispersaron partículas radiactivas a lo largo y ancho del planeta. Su fuerza destructiva combinada equivalía a 29.000 bombas de Hiroshima.

A día de hoy, todas las personas vivas llevan en su cuerpo sustancias radiactivas procedentes de ensayos atmosféricos, lo que incrementa su riesgo de padecer enfermedades. Los médicos calculan que, con el paso del tiempo, esos ensayos del pasado causarán al menos cuatro millones de muertes prematuras por cánceres y otras enfermedades.

Los ensayos nucleares realizados bajo el agua y bajo tierra también han tenido impactos a largo plazo sobre la salud y el medio ambiente.

En la segunda mitad del siglo XX, la preocupación mundial por los efectos de los ensayos nucleares dio lugar a grandes movimientos de protesta en muchas partes del mundo, lo que llevó a que los dirigentes negociaran una prohibición parcial en 1963 y una prohibición completa en 1996. Ambos han contribuido a frenar los ensayos nucleares en todo el mundo.

Sin embargo, las consecuencias de los ensayos del pasado para la vida de las personas y para los frágiles ecosistemas de la Tierra se seguirían notando durante generaciones. La comunidad internacional tiene el deber no solo de garantizar que no vuelva a causarse semejante destrucción, sino también de trabajar para reparar el daño ya hecho.

Muy pocos supervivientes de los ensayos nucleares en cualquier parte del mundo han recibido compensación por su sufrimiento, y los esfuerzos por descontaminar los antiguos sitios de ensayos nucleares han sido manifiestamente deficientes. En algunos sitios, las infraestructuras deterioradas suponen un riesgo continuo de nueva contaminación.

Un ensayo nuclear francés en el atolón de Moruroa, en Ma’ohi Nui, en 1971. Crédito: gobierno de Francia.

Un cráter formado por un ensayo nuclear soviético en Kazajistán. Crédito: OTPCEN.

Racismo radiactivo

Las creencias racistas han sustentado a menudo decisiones relativas a los ensayos nucleares: los gobiernos y las fuerzas coloniales han considerado a los pueblos indígenas como prescindibles, y sus tierras sagradas como carentes de valor y «remotas».

«Nuestra tierra, nuestro mar, nuestras comunidades y nuestros propios cuerpos llevan ya el legado de estos experimentos mortíferos, y lo llevarán durante un número incierto de generaciones venideras», testimonió Karina Lester, mujer yankunytjatjara anangu de Australia, en nombre de una coalición de grupos indígenas ante Naciones Unidas en 2017.

En la búsqueda de «armas de destrucción masiva cada vez más letales», las autoridades trataron a los pueblos indígenas como «conejillos de Indias», afirmó. Rara vez se solicitó su consentimiento —y aún menos se obtuvo—, y la protección que se les ofreció fue escasa o nula.

El legado tóxico de los ensayos nucleares ha hecho que muchas comunidades hayan quedado desconectadas de su modo de vida tradicional, sin poder regresar a sus lugares ancestrales ni vivir de la tierra y de las aguas como habían hecho durante siglos.

Australia: cegado por la bomba

En 1953, cuando Yami Lester tenía 10 años, el Reino Unido comenzó a realizar ensayos nucleares en Emu Field, cerca de su casa, en el interior remoto de Australia.

Recordaba que un polvo radiactivo, o «niebla negra», llenó el cielo. Le provocó escozor en los ojos y, al cabo de cuatro años, había perdido la vista por completo.

«Estaba jugando con los demás niños. Fue entonces cuando estalló la bomba», recordó. «Recuerdo el ruido, era un ruido extraño, no fuerte, distinto a cualquier cosa que hubiera oído antes. La tierra tembló al mismo tiempo; podíamos sentir que todo se movía».

En cuestión de horas, todas las personas de su comunidad enfermaron. «Vomitábamos todos; teníamos diarrea, erupciones cutáneas y nos dolían los ojos», dijo. «Algunas de las personas mayores murieron».

Yami se convirtió posteriormente en uno de los principales activistas en defensa de las comunidades aborígenes de Australia que habían sufrido daños como consecuencia de los ensayos. Desde su muerte, en 2017, sus hijos han continuado la lucha por la justicia.

Crédito: Jesse Boylan.

Kazajistán: un artista nacido sin brazos

Karipbek Kuyukov creció en la aldea kazaja de Yegyndybulak, cerca de Semipalátinsk: el mayor sitio de ensayos nucleares de la Unión Soviética. Recordaba cómo los muebles y la vajilla temblaban cada vez que se producía un ensayo nuclear durante su infancia.

Antes de que él naciera, sus padres subían a una colina cercana a su casa para contemplar mejor los brillantes e inmensos hongos nucleares que se elevaban hacia el cielo.

«Ni siquiera sabían de las amenazas para la salud ni de las consecuencias devastadoras de los crímenes que se cometían contra ellos», reflexionó.

Karipbek nació en 1968 sin brazos. Pese a sus dificultades físicas, llegó a ser un artista reconocido que pintaba con los pies y con la boca. Muchas de sus obras transmiten un mensaje antinuclear.

«Mi misión principal en esta tierra es hacer todo lo posible para que las personas como yo seamos las últimas víctimas de los ensayos nucleares», dijo. «No quiero que estos hechos se repitan en ningún momento ni en ningún lugar del planeta… ¡Que nuestro cielo sea limpio y que nuestros niños estén sanos!».

Entre 1949 y 1989, la Unión Soviética llevó a cabo más de 450 ensayos nucleares en Semipalátinsk, lo que comprende casi una cuarta parte de todos los ensayos que se realizaron a escala mundial.

Una de las obras de Karipbek Kuyukov, titulada «Miedo».

Islas Marshall: atolones radiactivos

Nerje Joseph tenía siete años en 1954 cuando Estados Unidos llevó a cabo el mayor ensayo nuclear de su historia, «Castle Bravo», a unos 160 kilómetros de su hogar en el atolón de Rongelap, en las Islas Marshall.

Fue mucho mayor de lo previsto y provocó una contaminación mucho más grande de lo que se había calculado. El cielo se tiñó de naranja y rosa. Ninguno de los habitantes del atolón sabía qué había ocurrido.

Horas después, una lluvia de ceniza radiactiva y de fragmentos de coral cayó sobre sus casas y contaminó su piel, su agua y sus alimentos. Pronto empezaron a presentar síntomas de enfermedad aguda por radiación.

Nerje perdió el cabello y, como casi todos los demás habitantes del atolón, sufrió quemaduras.

Días después, las autoridades estadounidenses evacuaron a los habitantes de Rongelap a otro atolón debido al riesgo extremo que la lluvia radiactiva suponía para su salud. Pero, tras tres años de desplazamiento, las autoridades los animaron a volver, ya que querían estudiar los efectos de la radiación residual sobre la salud.

«Nunca se han tenido datos de este tipo», declaró un funcionario estadounidense por aquel entonces. «Si bien es cierto que esta gente no vive a la manera de los occidentales, los pueblos civilizados, no es menos cierto que se parecen más a nosotros que los ratones».

Para los habitantes de Rongelap, su reasentamiento de vuelta en casa resultaría catastrófico. Se multiplicaron los cánceres, los abortos espontáneos, las muertes fetales y las malformaciones congénitas.

A causa de la acumulación de isótopos radiactivos, Nerje tuvo que someterse a la extirpación quirúrgica del tiroides. Añoraba volver a los buenos tiempos anteriores a los ensayos nucleares.

Entre 1946 y 1958, Estados Unidos llevó a cabo 67 ensayos nucleares en las Islas Marshall. Solo Castle Bravo tuvo una potencia explosiva mil veces mayor que la de la bomba de Hiroshima.

Aún hoy, atolones enteros siguen sin ser aptos para el asentamiento humano, la producción agrícola ni la pesca.

La pérdida de cabello y las quemaduras en los pies de Nerje Joseph causadas por la radiación. Crédito: gobierno de Estados Unidos.

Sitios de ensayos nucleares

Se han ensayado armas nucleares en Argelia, Australia, China, Corea del Norte, Estados Unidos, India, Islas Marshall, Kazajistán, Kiribati, Ma’ohi Nui (Polinesia Francesa), Pakistán, Rusia, Turkmenistán, Ucrania y Uzbekistán.

Otras fuentes de daño

Otros aspectos del desarrollo de las armas nucleares —desde la extracción del uranio hasta la eliminación de los residuos radiactivos— también han tenido impactos devastadores sobre la salud humana y el medio ambiente.

En las minas de uranio, donde se inicia el proceso de fabricación de las armas nucleares, la contaminación radiactiva y química procedente de los residuos mineros se ha filtrado al suelo y a los cursos de agua, dañando a los trabajadores y a las comunidades cercanas. Ninguna mina del mundo ha sido descontaminada por completo tras el cese de la actividad minera.

También se ha producido contaminación radiactiva en reactores nucleares implicados en la producción de plutonio para armas nucleares. En la central nuclear de Windscale (Reino Unido), por ejemplo, un incendio ardió durante tres días en 1957 y propagó penachos de radiación por gran parte de Europa. Toda la leche procedente de las granjas cercanas tuvo que ser destruida.

Muchas comunidades de todo el mundo se enfrentan también a retos constantes en relación con el almacenamiento seguro y protegido de las enormes cantidades de residuos nucleares acumulados a raíz de la producción de decenas de miles de armas nucleares desde 1945. Seguirán siendo peligrosos durante miles de años.

Manifestantes antinucleares en el estado estadounidense de Arizona. Crédito: Jack Cohen-Joppa.

Las armas nucleares hoy

Hoy, nueve países poseen varios miles de armas nucleares, lo que supone una amenaza existencial única para la población de todo el mundo. Cientos de ellas se mantienen en alerta máxima, listas para ser usadas en cuestión de minutos.

Se encuentran en silos de misiles, a bordo de aeronaves y en submarinos que patrullan los océanos en todo momento. Algunas pueden recorrer miles de kilómetros, atravesando continentes, para alcanzar sus objetivos.

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Dato: Los nueve países con armas nucleares del mundo poseen actualmente unas 12.241 armas nucleares.

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La mayoría tienen una potencia explosiva muchísimo mayor que las bombas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki en los albores de la era nuclear. Las más grandes equivalen en fuerza a más de un millón de toneladas, o un megatón, del explosivo químico convencional TNT.

Incluso las llamadas armas nucleares «tácticas», diseñadas para usarse en el campo de batalla, pueden tener una potencia explosiva 20 veces superior a la de la bomba de Hiroshima.

Un solo submarino con armas nucleares puede transportar una docena o más de misiles balísticos, cada uno equipado con varias ojivas nucleares, con una capacidad combinada para destruir más de un centenar de ciudades.

 

Las personas que viven cerca de bases militares donde se despliegan armas nucleares se enfrentan a un riesgo especialmente alto de ser víctimas de un ataque nuclear o de sufrir daños por una explosión nuclear accidental. Debido al secretismo gubernamental, algunas de estas personas podrían incluso desconocer su proximidad a las armas.

La mayoría de las armas nucleares no se encuentran simplemente almacenadas. Están desplegadas de forma activa, listas para ser utilizadas en cualquier momento, y los gobiernos llevan a cabo costosos programas para mejorar y ampliar sus arsenales bajo el pretexto de «modernización».

Algunos países con armas nucleares están desarrollando nuevos tipos de armas nucleares, ensayando nuevos sistemas para su lanzamiento y ampliando sus doctrinas para un posible uso nuclear. Todos parecen decididos a conservar sus fuerzas nucleares de forma indefinida.

Un misil nuclear ruso en un desfile militar en 2023. Crédito: gobierno de Rusia.

Misiles nucleares estadounidenses expuestos en un museo. Crédito: gobierno de Estados Unidos.

Países con armas nucleares

Nueve países tienen armas nucleares hoy: Estados Unidos, Rusia, China, Francia, el Reino Unido, India, Pakistán, Israel y Corea del Norte. Los arsenales nucleares de Rusia y Estados Unidos son, por mucho, los más grandes.

Países cómplices

Aunque únicamente nueve países poseen armas nucleares, más de 30 más apoyan su mantenimiento y posible uso, en algunos casos amparándose en el llamado «paraguas nuclear» de un aliado.

Por ejemplo, todos los miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) han respaldado públicamente las armas nucleares. Algunos incluso albergan bombas nucleares estadounidenses en su territorio —entre ellos Alemania, Bélgica, Italia, los Países Bajos y Turquía— y aportan las aeronaves y el personal necesarios para lanzarlas. Bielorrusia mantiene un acuerdo similar de alojamiento con Rusia.

Algunos países comparten información de inteligencia con el fin de seleccionar objetivos nucleares, o permiten que barcos con armas nucleares transiten por sus aguas y atraquen en sus puertos, o que aeronaves con armas nucleares entren en su espacio aéreo y recarguen combustible en sus aeropuertos.

Todos esos actos de complicidad perpetúan los peligros nucleares y socavan los esfuerzos de desarme.

Manifestantes en Alemania bloquean una base militar donde se encuentran estacionadas bombas nucleares estadounidenses. Crédito: Ralf Schlesener.

Preocupaciones sobre la proliferación

La falta de desarme por parte de los países con armas nucleares ha incrementado el riesgo de que más países, o incluso agentes no estatales, acaben adquiriéndolas algún día. Avanzar en el desarme es esencial para evitar su propagación.

Aunque existen medidas importantes para prevenir la proliferación, no puede garantizarse la eficacia de dichas medidas. Cualquier país capaz de enriquecer uranio o de reprocesar combustible nuclear gastado para producir plutonio podría, en teoría, desarrollar un arma nuclear en cuestión de meses.

Corea del Norte, India, Israel, Pakistán y Sudáfrica adquirieron armas nucleares utilizando instalaciones y materiales destinados, en principio, a «fines pacíficos», lo que evidencia los riesgos de proliferación inherentes a los programas de energía nuclear.

Bastarían unos pocos kilogramos de uranio altamente enriquecido o de plutonio separado para fabricar una bomba nuclear. A día de hoy, los inventarios mundiales contienen cientos de toneladas de estos materiales, y se siguen produciendo más. Para que el desarme tenga éxito, este problema debe abordarse.

El argumento a favor de la abolición

Para proteger a la humanidad del daño catastrófico e irreversible que las armas nucleares están diseñadas para causar, los gobiernos deben trabajar con urgencia para eliminarlas.

Ya se han desmantelado decenas de miles de armas nucleares en respuesta a las demandas de abolición procedentes de personas de todo el mundo. Un país, Sudáfrica, ha eliminado por completo sus armas nucleares; decenas de otros han abandonado sus planes de adquirirlas.

En lo más álgido de la Guerra Fría había unas 70.000 armas nucleares, y se lograron reducciones importantes del arsenal mundial desde mediados de los años ochenta hasta principios de la década de 2000.

Más recientemente, sin embargo, los programas de desmantelamiento de ojivas se han paralizado, y algunos países con armas nucleares están ampliando ahora sus arsenales a un ritmo sin precedentes. Ninguno de ellos ha trazado un plan para el desarme total.

Pero la inmensa mayoría de los países del mundo sigue oponiéndose firmemente a las armas nucleares y desea que sean abolidas cuanto antes.

No basta con detener la propagación de estas armas a más países, ni con poner límites a las circunstancias en que podrían utilizarse. Dada la gravedad de la amenaza que suponen para toda la vida en nuestro planeta, la abolición es la única respuesta.

Una instalación de Artists Against the Bomb. Crédito: Miki Anagrius.

Inmorales, ilegales y antidemocráticas

Las armas nucleares causan muerte y destrucción a una escala masiva, y amenazan la propia supervivencia de la humanidad. Matar y mutilar de forma indiscriminada a cientos de miles de personas nunca puede tener una justificación moral.

Cualquier uso de armas nucleares contravendría el derecho internacional y constituiría un crimen de guerra del más alto orden. Las armas con efectos catastróficos jamás pueden servir a un fin militar o estratégico legítimo.

En todo el mundo, incluidos los países con armas nucleares, las encuestas de opinión muestran un fuerte apoyo público a la abolición. Los gobiernos que siguen desarrollando arsenales nucleares actúan en contra de la voluntad —y de los propios intereses— de su ciudadanía.

Todas las personas, en todas partes, se beneficiarían de la eliminación de estas armas tan terribles.

El riesgo creciente del uso

El riesgo de que hoy se utilice un arma nuclear, ya sea por accidente o de manera deliberada, es más alto que nunca, y todo apunta a que va en aumento.

Esto se debe a factores como el grave entorno internacional de seguridad, el aumento de las tensiones entre los países con armas nucleares, la acumulación de sus fuerzas nucleares y la erosión de las normas e instituciones internacionales.

La búsqueda de capacidades cibernéticas ofensivas, tecnologías autónomas e inteligencia artificial en el ámbito militar agrava aún más la amenaza.

Mantener armas nucleares en alerta máxima —listas para ser utilizadas a los pocos minutos del aviso de un ataque entrante— es una práctica especialmente peligrosa. Una vez que se lanza un misil con ojiva nuclear, ya no es posible detenerlo. Debe continuar hacia su objetivo, aunque el lanzamiento se haya basado en información falsa.

En la niebla de la guerra, los dirigentes tienden a actuar de manera irracional e impredecible. El potencial de malentendidos es especialmente alto en situaciones estresantes y caóticas.

Resulta demasiado fácil prever cómo un momento de pánico o de crueldad, un ego herido o una mala comunicación, podrían desencadenar una catástrofe mundial, ya que el inmenso poder de desatar la devastación nuclear recae en apenas unas cuantas personas.

En varias ocasiones durante la Guerra Fría, el mundo estuvo peligrosamente cerca de vivir una guerra nuclear a gran escala. El incidente más conocido fue la crisis de los misiles de Cuba de 1962, en la que se vieron implicados Estados Unidos y la Unión Soviética.

El hecho de que las armas nucleares no se hayan utilizado en ningún conflicto desde 1945 se debe más a la buena suerte que a una buena gestión. Y, tarde o temprano, la suerte se agotará, a menos que se tomen medidas eficaces para eliminar esta amenaza.

Disuasión nuclear

Los países con armas nucleares suelen invocar la teoría de la «disuasión nuclear» para justificar conservar sus arsenales nucleares. Argumentan que sus armas solo sirven para disuadir a otros países de iniciar un ataque nuclear y que, de esta forma, contribuyen a la paz y la estabilidad.

La mayoría de los países, sin embargo, rechazan esa lógica y consideran que la disuasión nuclear es un planteamiento de seguridad peligroso, erróneo e insostenible. Más aún, es un planteamiento intrínsecamente agresivo, ya que depende de una amenaza constante y creíble de causar una muerte y una destrucción a gran escala.

Contrariamente a lo que afirman los defensores de la disuasión, la existencia de armas nucleares en el mundo no ha evitado conflictos, incluidos actos de agresión contra países con armas nucleares. De hecho, las armas nucleares han hecho más probables las guerras y los enfrentamientos, al exacerbar las tensiones y propiciar la coerción y el chantaje.

La teoría de la disuasión presenta las armas nucleares como una fuente legítima y deseable de seguridad. Esto fomenta la proliferación y obstaculiza el desarme.

Accidentes y errores

No solo existe el riesgo de un uso deliberado de las armas nucleares; también podrían detonarse por un error humano, una avería técnica, un ciberataque, alertas mal interpretadas o un acceso no autorizado a los sistemas de mando y control.

Los numerosos accidentes con armas nucleares ocurridos desde 1945, así como los incidentes en los que estuvieron a punto de usarse por errores, ponen de manifiesto el alarmante potencial de un desastre no intencionado.

En 1968, por ejemplo, una aeronave estadounidense que transportaba cuatro bombas nucleares se incendió y se estrelló cerca de Groenlandia, lo que contaminó la zona circundante con plutonio. Por fortuna, aunque sí hubo explosiones, no se desencadenó ninguna reacción nuclear en cadena.

En 1995, las autoridades rusas confundieron el lanzamiento de un cohete científico noruego con un misil balístico estadounidense lanzado desde un submarino. El presidente ruso llegó a sacar los códigos de lanzamiento para un contraataque, pero finalmente determinó que se trataba de una falsa alarma.

Otros incidentes profundamente preocupantes han incluido la pérdida de armas nucleares en el mar, colisiones entre submarinos con armas nucleares, que se hayan confundido cisnes en vuelo y luz reflejada en las nubes con ataques de misiles con ojivas nucleares, y la introducción de videocintas de entrenamiento que simulaban un ataque nuclear entrante en una computadora operativa.

In 1961, two nuclear bombs fell to the ground in the US state of North Carolina when a bomber lost a wing. “By the slightest margin of chance, literally the failure of two wires to cross, a nuclear explosion was averted,” said Robert McNamara, the US secretary of defence at the time. Credit: US government

Sin respuesta humanitaria

El uso de una sola arma nuclear en cualquier parte del mundo saturaría la infraestructura sanitaria y haría imposible una respuesta humanitaria eficaz.

Hospitales y farmacias, equipos de extinción de incendios, sistemas de comunicaciones y de transporte quedarían reducidos a escombros en toda una zona de destrucción completa que se extendería durante kilómetros.

Quienes intentaran socorrer a los enfermos y heridos quedarían expuestos a altos niveles de radiactividad, arriesgando sus propias vidas.

El Comité Internacional de la Cruz Roja ha advertido en repetidas ocasiones de que no existe una capacidad de respuesta adecuada ante el uso de una sola arma nuclear, y aún menos ante una guerra nuclear a gran escala, y de que tal capacidad nunca podría desarrollarse.

En la misma línea, la Organización Mundial de la Salud ha concluido: «Lo que quedara de los servicios médicos en el mundo no podría aliviar el desastre de forma significativa».

Representación, hecha por una superviviente de Hiroshima, de un puesto de socorro en 1945. Los heridos morían uno tras otro. Crédito: Fumiko Yamaoka.

¿Pueden ayudar los búnkeres?

Construir más búnkeres nucleares, o refugios antiatómicos, no es la solución. Populares durante la Guerra Fría, ofrecen a la ciudadanía una falsa sensación de seguridad sobre la posibilidad de sobrevivir a una guerra nuclear.

En caso de un ataque nuclear, es improbable que alguien reciba aviso previo, de modo que no habría oportunidad de buscar refugio.

Es más, muchos de los búnkeres cercanos a la zona cero se convertirían en hornos y matarían a todas las personas en su interior. De hecho, algunas armas nucleares están diseñadas específicamente para penetrar profundamente en la tierra y destruir búnkeres.

Quienes lograran encontrar a tiempo un búnker y sobrevivir en su interior se encontrarían al salir con un infierno radiactivo y peligroso, y con escasas probabilidades de ser rescatados.

Un desperdicio de recursos

Cada año, los países con armas nucleares gastan muchos miles de millones de dólares en mejorar y ampliar sus fuerzas nucleares: dinero que podría invertirse en sanidad, educación, lucha contra la pobreza y acción frente a la crisis climática.

En algunos países, hay grandes empresas que obtienen enormes ganancias por apoyar el desarrollo y la producción de armas nucleares. Los “think tanks” (institutos de estudios) y las universidades también participan y obtienen beneficios económicos.

Poner fin a esta actividad que pone en peligro la vida liberaría recursos para otros fines y permitiría que algunas de las mentes científicas más brillantes contribuyeran a un mundo más pacífico, en lugar de perfeccionar la capacidad de sus ejércitos para matar y destruir a gran escala.

Un submarino con armas nucleares en construcción en el Reino Unido. Crédito: gobierno del Reino Unido.

Un obstáculo para la paz

Las armas nucleares no contribuyen en nada a resolver ninguno de los desafíos de seguridad actuales. Al contrario, agravan muchos de ellos o son su principal causa.

Lograr la abolición permitiría que hubiera relaciones más armoniosas entre los países y abriría oportunidades para una mayor cooperación internacional, en beneficio de las personas en todo el mundo, especialmente las de los países que actualmente poseen armas nucleares.

Sería un bien público mundial de primer orden, que serviría tanto a los intereses de seguridad nacionales como a los colectivos.

Crítica de género

A los dirigentes que se muestran dispuestos a utilizar armas nucleares se les suele elogiar por ser masculinos, fuertes y decididos, mientras que a los que apoyan el desarme se les tacha de femeninos, débiles y emocionales.

Asimismo, los debates públicos y la toma de decisiones sobre armas nucleares tienden a estar dominados por hombres.

Cuestionar activamente estas nociones y garantizar una mayor diversidad e inclusión de género mejoraría las perspectivas de éxito en el desarme.

Una prohibición de las armas nucleares

En 2017, tras una década de labor de incidencia por parte de la Campaña Internacional para la Abolición las Armas Nucleares (ICAN) y sus socios, 122 países votaron a favor de la adopción de un tratado histórico para ilegalizar las peores armas del mundo, conocido como el Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares (TPAN). Entró en vigor en 2021.

Hasta ese momento, las armas nucleares eran las únicas armas de destrucción masiva que no estaban sujetas a una prohibición integral y de alcance mundial. Así, el nuevo tratado vino a llenar un vacío importante en el derecho internacional.

Surgió de una profunda preocupación por la creciente amenaza que representan las armas nucleares para la supervivencia humana, el medio ambiente, el desarrollo socioeconómico, la economía mundial, la seguridad alimentaria y la salud y el bienestar de las generaciones actuales y futuras.

No solo es el primer tratado multilateral que prohíbe expresamente las armas nucleares, sino también el primero en establecer marcos para eliminarlas de forma verificable y para asistir a las víctimas de las detonaciones y de los ensayos nucleares.

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Dato: Hasta la fecha, 74 países han ratificado el Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares o se han adherido a él, y otros 25 lo han firmado. Más países deberían seguir su ejemplo.

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Aunque hasta la fecha ningún país con armas nucleares se ha adherido al TPAN, este sigue siendo una herramienta indispensable para reforzar el tabú mundial contra el uso de las armas nucleares y para impulsar acciones de desarme largamente postergadas.

La historia ha demostrado que la prohibición de ciertos tipos de armas facilita el avance hacia su eliminación. Las armas que se han ilegalizado se ven cada vez más como ilegítimas, lo que las hace perder su estatus político y, con él, los recursos destinados a su producción.

 

«La entrada en vigor del Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares en enero de 2021 fue un logro extraordinario y un paso hacia la eventual eliminación de las armas nucleares».

António Guterres, secretario general de la ONU, 2021

A medida que más países se adhieran al TPAN con el tiempo, las normas del tratado se fortalecerán y se intensificará la presión sobre los países con armas nucleares para que las cumplan. Hasta la fecha, más de la mitad de los países del mundo se han adherido al tratado.

Ofrece una poderosa alternativa a un mundo en el que se permite que prevalezcan las amenazas de causar una destrucción masiva. Plantea un camino a seguir en un momento de crisis alarmante.

Una ceremonia de firma de alto nivel del TPAN en 2017. Crédito: UN Photo.

Principales disposiciones del TPAN

Prohibiciones

El TPAN prohíbe a los países desarrollar, ensayar, producir, adquirir, almacenar, transferir, utilizar o amenazar con utilizar armas nucleares. También se les prohíbe albergar armas nucleares de otro país en su territorio, así como ayudar o alentar a otros a participar en actividades prohibidas por el tratado.

Marco para la eliminación

El tratado establece un marco jurídico para la eliminación verificable e irreversible de los programas de armas nucleares y de las instalaciones asociadas. Todo país con armas nucleares que se adhiera al tratado debe retirar de inmediato sus armas nucleares de su estado operativo y destruirlas conforme a un plan negociado y con plazos establecidos, en un periodo máximo de 10 años. Como alternativa, un país puede destruir sus armas nucleares antes de adherirse al tratado y hacer que una autoridad internacional designada lo verifique.

Asistencia a las víctimas y restauración del medio ambiente

El tratado exige a los países asistir a las víctimas de las detonaciones y de los ensayos de armas nucleares, incluida la atención médica, la rehabilitación y el apoyo psicológico. También deben adoptar medidas para sanear las zonas contaminadas por la radiación procedente de explosiones nucleares. La cooperación internacional es fundamental para la aplicación efectiva de estas disposiciones.

En consonancia con otros tratados

El TPAN refuerza tratados anteriores relativos a las armas nucleares, entre ellos el Tratado de No Proliferación de 1968, cuyo objetivo es limitar el número de países que poseen armas nucleares y avanzar hacia la meta del desarme.

Como afirmó la Corte Internacional de Justicia en 1996, los países tienen la obligación jurídica de «emprender de buena fe y concluir negociaciones encaminadas al desarme nuclear». La falta de avances en este sentido fue una motivación importante para la negociación del TPAN.

Otros tratados complementarios incluyen el Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares de 1996 y tratados regionales que establecen zonas libres de armas nucleares en América Latina y el Caribe, el Pacífico Sur, África, el Sudeste Asiático y Asia Central.

El TPAN se basa en un cuerpo jurídico conocido como derecho internacional humanitario, que limita los métodos y medios bélicos. Las partes en un conflicto armado deben abstenerse de utilizar armas que no puedan distinguir entre civiles y combatientes, o aquellas que causen lesiones superfluas o sufrimientos innecesarios.

El ejemplar original del TPAN. Crédito: ICAN.

Sumar a más países

Cualquier país puede adherirse al TPAN en cualquier momento. Aquellos que en la actualidad se muestran reticentes a hacerlo podrían reconsiderar su postura a medida que crezca el número de Estados parte del tratado y se hagan más fuertes las demandas de su ciudadanía.

Esto ya ha ocurrido en el pasado con otros tratados. Francia y China, por ejemplo, se opusieron al Tratado de No Proliferación cuando se negoció, pero se vieron obligadas a adherirse a él décadas después.

El mundo cambia con rapidez, y los dirigentes de hoy no permanecerán en el poder para siempre. Los futuros gobiernos, a diferencia de los actuales, podrían reconocer las virtudes del tratado.

Los países que se han adherido al TPAN están obligados a alentar a otros países a que se sumen, con el objetivo último de la «adhesión universal».

Adherirse al tratado envía un mensaje claro: las armas nucleares son inaceptables y deben abolirse. En un momento en el que crecen los peligros nucleares, el tratado ofrece la mejor esperanza para eliminar las peores armas.

«Aprovechemos ahora las oportunidades únicas que nos brinda este tratado y pongamos fin a la era de las armas nucleares».

Comité Internacional de la Cruz Roja, 2020

Una reunión de los Estados parte del TPAN en Nueva York en 2025. Crédito: ICAN.

Países que se desarmaron: Sudáfrica y Kazajistán

Dos de los principales impulsores del TPAN, Sudáfrica y Kazajistán, han demostrado con sus actos pasados que el desarme nuclear es posible.

Cuando Kazajistán obtuvo su independencia en 1991, tras el colapso de la Unión Soviética, en su territorio quedaban más de 1.400 armas nucleares. Optó por renunciar a todas ellas al reconocer que su seguridad se lograba mejor mediante el desarme.

Sudáfrica llegó a la misma conclusión al final del apartheid, a principios de la década de 1990, y desmanteló voluntariamente todo su arsenal de bombas nucleares: un acto verificado posteriormente por el Organismo Internacional de Energía Atómica.

Los dirigentes de ambos países han expresado gran orgullo por sus contribuciones para lograr un mundo libre de armas nucleares y han instado a otros a seguir su ejemplo.

Carcasas de las bombas nucleares de Sudáfrica.

Acción para la abolición

Las armas nucleares se construyeron con manos humanas y se pueden desmantelar con manos humanas. No hay barreras técnicas, solo políticas. Ya se han desmantelado decenas de miles de armas nucleares.

Con liderazgo y voluntad política, se podrían lograr nuevos avances en el desarme con gran rapidez. El hecho de que ya se hayan declarado libres de armas nucleares amplias regiones geográficas sugiere que, algún día, el mundo entero podría serlo.

Históricamente, algunos de los mayores avances en materia de control de armas nucleares se lograron en momentos de gran tensión internacional. Una crisis puede concentrar la atención de los dirigentes y obligarlos a explorar nuevos caminos.

Sin embargo, el avance siempre dependerá de un poderoso movimiento ciudadano por el cambio, conformado por personas comprometidas de todos los ámbitos de la vida. El fuerte y duradero tabú mundial que hoy existe contra el uso de las armas nucleares es el resultado de décadas de resistencia popular.

Hay muchas formas en las que las personas pueden contribuir a la causa de eliminar las peores armas del mundo. A continuación, se presentan algunas de ellas:

Una procesión de antorchas por Oslo (Noruega) en apoyo del TPAN. Crédito: Kristian Laemmle-Ruff.

Educa

Comparte información con amigos, familiares y compañeros sobre la urgencia de abolir las armas nucleares. Escribe artículos y cartas al director, publica contenido en redes sociales y organiza foros públicos, charlas formativas y proyecciones de películas.

Es especialmente importante generar conciencia sobre el daño que las armas nucleares causan a las personas y al medio ambiente. Con demasiada frecuencia, la educación sobre armas nucleares se centra, en cambio, en los hombres que las inventaron y las lanzaron en 1945.

Los testimonios de primera mano de los supervivientes de Hiroshima y Nagasaki, y de las personas afectadas por los ensayos nucleares, pueden ayudar a cambiar actitudes y motivar la acción.

Grullas de papel

En Japón, las grullas de papel son tradicionalmente un símbolo de buena salud y larga vida. Hoy también se reconocen internacionalmente como un símbolo de paz, y pueden servir para iniciar conversaciones importantes sobre la necesidad urgente de eliminar las armas nucleares.

Cuando tenía dos años, Sadako Sasaki estuvo expuesta a la radiación de la bomba de Hiroshima. Años después le diagnosticaron leucemia —un efecto tardío de la radiación— y se propuso la meta de plegar mil grullas de papel mientras estaba en el hospital, con la esperanza de que esto le devolviera la salud.

Perseveró y alcanzó su meta, pero, trágicamente, fue debilitándose día tras día y murió a los 12 años.

Desde entonces, niños y niñas de todo Japón y del mundo entero han plegado grullas de papel para mostrar su apoyo a la eliminación de las armas nucleares.

¿Por qué no enviar por correo o entregar en mano grullas de papel a los representantes electos de tu país, junto con una carta donde solicites su apoyo al Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares?

Miles de grullas de papel adornando un monumento en Nagasaki. Crédito: ICAN.

Haz incidencia

Escribe, llama o reúnete con los tomadores de decisiones de tu país para buscar su apoyo a la abolición total de las armas nucleares.

Desde 2017, miles de parlamentarios de todo el espectro político han respondido a las demandas de la ciudadanía y han firmado un compromiso de ICAN para promover la adhesión al Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares.

Cientos de ciudades, desde Washington D. C. hasta París y Sídney, también han respaldado formalmente el tratado al firmar un llamamiento de ICAN.

No necesitas ser una persona experta para hacer oír tu voz. Lo que importa es que reconozcas la gravedad de la amenaza y la urgencia de actuar.

ICAN convoca a parlamentarios de todo el mundo. Crédito: Derek French.

Protesta

La protesta no violenta es una forma importante que tienen las personas de expresar su rechazo a las armas nucleares. Puede adoptar muchas formas, como concentraciones, marchas, bloqueos y vigilias.

Durante décadas, integrantes del movimiento mundial por la paz y el desarme han organizado protestas, grandes y pequeñas, para generar atención a la causa. Han ocurrido innumerables acciones en lugares donde se fabrican y despliegan armas nucleares, en universidades implicadas en su desarrollo y frente a los parlamentos nacionales.

Sin duda, las protestas masivas han contribuido a poner fin a los ensayos nucleares, a frenar la expansión de los arsenales nucleares, a evitar cualquier uso de armas nucleares en una guerra desde 1945 y a aumentar la presión por el desarme.

Hoy se necesita más acción directa.

Una manifestiación antinuclear en Melbourne (Australia). Crédito: Jesse Boylan.

Desinvierte

En algunos países con armas nucleares, hay empresas que participan en la producción de armas nucleares y de sus componentes, y hay instituciones financieras que aportan el capital que hace posible esa labor.

Desinvertir en la industria de las armas nucleares es una contribución tangible que las instituciones financieras pueden hacer al desarme. Cientos ya lo han hecho, comprometiéndose con unas finanzas libres de armas nucleares, en consonancia con el Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares (divest.icanw.org).

Las personas pueden contactar con sus bancos y planes de pensiones para exigir que se excluya a las empresas de armas nucleares de sus inversiones.

Sobre la campaña

La Campaña Internacional para la Abolición las Armas Nucleares (ICAN) es una coalición mundial de organizaciones no gubernamentales con una misión sencilla: convencer a todos los países del mundo de adherirse al histórico Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares e implementarlo plenamente.

Fundada en Melbourne (Australia) en 2007, la campaña se inspiró en el exitoso movimiento que, una década antes, logró la prohibición de las minas antipersonales por motivos humanitarios. En la actualidad, ICAN tiene su sede en Ginebra (Suiza).

«Necesitamos un movimiento mundial decidido a ilegalizar y abolir las armas nucleares. Para lograrlo en esta generación, necesitamos hacer crecer la ola de opinión pública hasta convertirla en un auge poderoso: una fuerza masiva, ascendente e irresistible que nos lleve hasta el cero absoluto de armas nucleares. Sin ella, hasta los líderes más inspiradores flaquearán en el camino».

Bill Williams, cofundador de ICAN, 2006

Una manifestación de ICAN en Ginebra. Crédito: Aude Catimel.

Desde sus inicios, ICAN se ha centrado en construir una poderosa corriente de oposición ciudadana a las armas nucleares, entre otras cosas amplificando las voces de los supervivientes de las bombas nucleares de Hiroshima y Nagasaki y de las personas afectadas por los ensayos nucleares.

En colaboración con el Comité Internacional de la Cruz Roja, la Secretaría de Naciones Unidas y gobiernos afines, ICAN ha organizado eventos de sensibilización, publicado investigaciones pioneras, organizado jornadas mundiales de acción y expuesto argumentos en favor de la abolición directamente ante tomadores de decisiones de alto nivel.

[FACT]

Dato: La Campaña Internacional para la Abolición las Armas Nucleares cuenta actualmente con 700 organizaciones socias en 113 países.

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Premio Nobel de la Paz

En 2017, ICAN fue galardonada con el Premio Nobel de la Paz «por su labor de generar atención sobre las consecuencias humanitarias catastróficas de cualquier uso de armas nucleares y por sus innovadores esfuerzos para lograr una prohibición de dichas armas basada en un tratado».

In 2017, ICAN was honoured with the Nobel Peace Prize “for its work to draw attention to the catastrophic humanitarian consequences of any use of nuclear weapons and for its ground-breaking efforts to achieve a treaty-based prohibition of such weapons”.

«Es nuestra firme convicción que ICAN, más que ninguna otra organización, le ha dado en el último año una nueva dirección y un nuevo vigor a los esfuerzos por alcanzar un mundo sin armas nucleares».

Comité Nobel Noruego, 2017

El premio es un homenaje a los esfuerzos incansables de los innumerables activistas y de la ciudadanía comprometida de todo el mundo que, desde los albores de la era nuclear, han alzado la voz contra las armas nucleares e insistido en que sean abolidas para siempre.

No es un sueño lejano, sino una necesidad urgente. Las generaciones futuras deben crecer libres de este terrible flagelo.

Una manifestación con estudiantes en Hiroshima. Crédito: Takeo Nakaoku.

Setsuko Thurlow

Cuando tenía 13 años, Setsuko Thurlow quedó inconsciente por la onda expansiva de la bomba nuclear lanzada sobre Hiroshima. Quedó atrapada bajo los escombros de un edificio derrumbado, pero finalmente logró arrastrarse hasta salir.

«La mayoría de mis compañeras de clase en ese edificio murieron quemadas vivas», recordó. «Vi a mi alrededor una devastación absoluta, inimaginable… El nauseabundo hedor a carne humana quemada llenaba el aire».

Testigo viviente de los horrores de la guerra nuclear, Setsuko aceptó conjuntamente el Premio Nobel de la Paz otorgado a ICAN en 2017. «Cada segundo de cada día, las armas nucleares ponen en peligro a todas las personas que amamos y todo lo que valoramos», advirtió.

«No debemos tolerar esta locura ni un día más».

Instó a los líderes mundiales a firmar el recién adoptado Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares. «Que este sea el principio del fin de las armas nucleares», dijo. «Adhiéranse a este tratado; erradiquen para siempre la amenaza de la aniquilación nuclear».

Setsuko Thurlow en la ceremonia del Premio Nobel de la Paz en Noruega en 2017. Crédito: Jo Straube.

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