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Las secuelas

En el caos que siguió a los bombardeos, los padres y las madres buscaban desesperadamente a sus hijos, y los hijos a sus padres. Algunos solo encontraron los restos carbonizados o las pertenencias personales de sus seres queridos; otros no hallaron rastro alguno.

Los esfuerzos por reunir a los miembros de las familias se vieron dificultados por el hecho de que muchas personas habían sufrido heridas tan graves que apenas resultaban reconocibles.

«Al cabo de un rato, asomé la cabeza fuera del refugio antiaéreo. Encontré gente esparcida por todo el patio. El suelo estaba cubierto casi por completo de cuerpos. La mayoría parecían estar muertos y yacían inmóviles. Aquí y allá, sin embargo, algunos agitaban las piernas o alzaban los brazos.»

Fujio Tsujimoto, cinco años, Nagasaki

Algunas víctimas no presentaban ninguna huella física, pero de repente enfermaban y morían. Sus muertes desconcertaban al personal de emergencia, que ignoraba que se había utilizado un nuevo tipo de arma con efectos radiactivos perniciosos.

Muchas mujeres embarazadas de ambas ciudades sufrieron abortos espontáneos o dieron a luz a bebés que murieron durante la primera infancia, porque la radiación de las bombas había penetrado en sus úteros. Las malformaciones congénitas, entre ellas la microcefalia, eran frecuentes en los bebés expuestos en el útero materno.

Nagasaki un mes después del ataque. Crédito: gobierno de Estados Unidos.

Un niño en Nagasaki recibe alimento racionado tras el ataque. Crédito: Yosuke Yamahata.