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Hiroshima y Nagasaki

Más de un cuarto de millón de personas murieron cuando Estados Unidos lanzó dos bombas nucleares relativamente pequeñas sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945, el primer y único uso de armas nucleares en tiempos de guerra.


Muchas murieron incineradas al instante. Otras murieron entre sufrimientos atroces, horas, días o semanas después de los ataques, a causa de quemaduras graves, heridas por la onda expansiva y enfermedad aguda por radiación. Muchísimas más murieron años después por cánceres y otras dolencias relacionadas con la radiación.

Para evitar que se repitan semejantes atrocidades, los países deben actuar con urgencia para eliminar las armas nucleares.

En Hiroshima y Nagasaki, las escenas de devastación fueron apocalípticas: patios escolares cubiertos de niños y niñas muertos o agonizantes. Madres meciendo a sus bebés sin vida. Personas con los intestinos al descubierto y jirones de piel colgando de sus extremidades.

La mayoría de las víctimas murió sin recibir cuidados que aliviaran su sufrimiento, ya que quedaban pocos hospitales en pie, los suministros médicos habían sido destruidos y la mayor parte del personal médico y de enfermería había muerto o resultado herido. Quienes entraron en las ciudades tras los ataques para prestar ayuda arriesgaron su propia vida por la radiación residual.

La inmensa mayoría de las víctimas —más del 90 %— eran civiles, entre ellas unos 38.000 niños y niñas. En el momento del ataque a Hiroshima, unos 8.400 estudiantes de secundaria se encontraban al aire libre creando cortafuegos como medida de defensa civil; 6.300 de ellos murieron.

Hiroshima en ruinas. Crédito: gobierno de Estados Unidos.

Una exposición en el Museo Conmemorativo de la Paz de Hiroshima.