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Los ensayos nucleares atmosféricos —se realizaron más de 500 entre 1945 y 1980— tuvieron un efecto especialmente dañino, ya que dispersaron partículas radiactivas a lo largo y ancho del planeta. Su fuerza destructiva combinada equivalía a 29.000 bombas de Hiroshima.

A día de hoy, todas las personas vivas llevan en su cuerpo sustancias radiactivas procedentes de ensayos atmosféricos, lo que incrementa su riesgo de padecer enfermedades. Los médicos calculan que, con el paso del tiempo, esos ensayos del pasado causarán al menos cuatro millones de muertes prematuras por cánceres y otras enfermedades.

Los ensayos nucleares realizados bajo el agua y bajo tierra también han tenido impactos a largo plazo sobre la salud y el medio ambiente.

En la segunda mitad del siglo XX, la preocupación mundial por los efectos de los ensayos nucleares dio lugar a grandes movimientos de protesta en muchas partes del mundo, lo que llevó a que los dirigentes negociaran una prohibición parcial en 1963 y una prohibición completa en 1996. Ambos han contribuido a frenar los ensayos nucleares en todo el mundo.

Sin embargo, las consecuencias de los ensayos del pasado para la vida de las personas y para los frágiles ecosistemas de la Tierra se seguirían notando durante generaciones. La comunidad internacional tiene el deber no solo de garantizar que no vuelva a causarse semejante destrucción, sino también de trabajar para reparar el daño ya hecho.

Muy pocos supervivientes de los ensayos nucleares en cualquier parte del mundo han recibido compensación por su sufrimiento, y los esfuerzos por descontaminar los antiguos sitios de ensayos nucleares han sido manifiestamente deficientes. En algunos sitios, las infraestructuras deterioradas suponen un riesgo continuo de nueva contaminación.

Un ensayo nuclear francés en el atolón de Moruroa, en Ma’ohi Nui, en 1971. Crédito: gobierno de Francia.

Un cráter formado por un ensayo nuclear soviético en Kazajistán. Crédito: OTPCEN.